Museo de Bagdad, Irak. Viernes 11 de abril de 2007Ahmed Sadoun no acostumbraba a ensuciarse las manos. Tenía los dedos largos y las uñas bien cuidadas a pesar de que Bagdad ardía y de que las bombas continuaban estallando por doquier. Hacía dos días que los americanos habían comenzado a atacar la capital y la ciudad en guerra se consumía por el fuego. El arrullo de sus antiguos mercados callejeros había dejado paso al estruendo de las detonaciones, pero el iraquí barría las calles con el bajo de su chilaba como si estuviera por encima de todo ese caos.

Oyó el silbido de una bomba al caer demasiado cerca y encogió su cabeza bajo los hombros de una forma instintiva. Era imposible saber quién había disparado, si los norteamericanos o las fuerzas iraquíes; en todo caso, a la ciudad le produciría el mismo daño. Ahmed miró un segundo a su espalda, en dirección a los edificios que acababa de dejar atrás, pero no pudo ver el destrozo que había ocasionado. Era de noche y Bagdad estaba a oscuras, a excepción de los intermitentes incendios que iluminaban sus edificios derruidos y lanzaban al aire su inevitable carga de humo. Vivía en una tierra sin ley ni orden que, además, se estaba quedando sin historia; y él era uno de los responsables. Había esperado casi dos días desde que comenzó la guerra para acercarse al Museo Nacional de Arqueología confiando en que los saqueadores ya habrían robado todo lo que tuviera algún valor. No podía enfrentarse a las bandas organizadas que procedían del extranjero y tampoco deseaba hacerlo con las hordas de desheredados que las siguieron. Las primeras vinieron acompañadas de camiones y furgonetas con el material de asalto más avanzado y embalaron todo lo que sus clientes de Nueva York, Londres o Suiza les habían encargado. Las segundas se acercaron armadas con cuchillos y hachas para llenar sus bolsillos con despojos que vender a los traficantes locales.

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